Mis inicios en la senda del yoga
YOGA


Ellos me acogieron como si me estuvieran esperando.
¿Pero qué es el Kumbh Mela?
El Kumbh Mela es una gran peregrinación hindú que se celebra en cuatro ciudades sagradas de India: Haridwar, Prayagraj —la antigua Allahabad—, Nashik y Ujjain. En el caso de Prayagraj, la celebración tiene lugar en el Sangam, la confluencia de tres ríos sagrados: el Ganges —Ganga—, el Yamuna y el Saraswati, este último considerado un río sagrado de carácter mitológico.
Según las creencias hindúes, bañarse en las aguas de esta confluencia durante los días auspiciosos del Kumbh Mela permite purificar el karma y liberarse de los pecados. Por eso, durante esos días, millones de peregrinos llegan hasta el Sangam desde todos los rincones de India. Algunos recorren enormes distancias a pie. Otros llegan en trenes, autobuses o camiones. Y junto a ellos están los sadhus, ascetas y hombres santos que forman una parte esencial de esta celebración.
Es difícil describir lo que significa ver aquellos ríos de personas avanzando hacia la confluencia de los tres ríos sagrados. Millones de seres humanos moviéndose con un mismo propósito, formando una experiencia espiritual y colectiva difícil de imaginar desde nuestra realidad cotidiana.
Y yo tuve la fortuna de vivirlo desde dentro, en el año 2001, cuando todavía no existían los teléfonos móviles tal y como los conocemos hoy y la experiencia se vivía de una manera completamente diferente.
¿Por qué cada cuatro años?
Existe una leyenda muy bonita que explica el origen del Kumbh Mela. Cuenta que dioses y demonios lucharon en el cielo por el amrita, el néctar de la inmortalidad. Durante aquella lucha cayeron cuatro gotas de ese néctar sagrado: una en Nashik, otra en Haridwar, otra en Allahabad y la cuarta en Ujjain. Por eso el Kumbh Mela se celebra en estas cuatro ciudades, siguiendo un ciclo de cuatro años. Y cada doce años tiene lugar el Maha Kumbh Mela. Maha significa «grande». Y yo tuve la enorme fortuna de participar en el Maha Kumbh Mela de 2001.
La familia de sadhus
Allí viví durante un mes con una familia de sadhus, la Udasin Akhara, que significa «los que nunca están tristes». Me acogieron como si me estuvieran esperando. De hecho, yo nunca supe que llegaría hasta allí. Fue la vida la que me llevó.
Todavía me cuesta creer que apareciera en aquel lugar con una mochila y una pequeña tienda de campaña tipo iglú. Llegué llevada por un instinto, por una fuerza que entonces no sabía explicar. Cuando aparecí allí, los sadhus me dijeron que no podían aceptar que compartiera la tienda con ellos por el hecho de ser mujer. Pero sí podía instalar mi iglú junto a su tienda. Ellos me protegerían. Y así fue.
Fue muy curioso empezar a montar aquella pequeña tienda mientras todos aquellos sadhus me miraban sin entender muy bien qué era aquello. Pensad que la mayoría de ellos eran ascetas, personas que habían renunciado prácticamente a todo. Probablemente muchos nunca habían visto una tienda de campaña como aquella. Os estoy hablando del año 2001. Han pasado ya 25 años.
Instalé mi tienda y pasé allí la primera semana. Compartía el fuego. Compartía la comida. Y, poco a poco, fui integrándome en su comunidad. Hasta que un día ocurrió algo que todavía recuerdo con muchísimo cariño.
Guruji, el gurú, me invitó a compartir la tienda con ellos.
Fue un momento muy bonito. Me habían aceptado como parte de su familia. Y de ellos aprendí muchísimo.
Aprendí a compartirlo todo.
Aprendí a recibir las cosas y a entregarlas con la mano derecha.
Aprendí a sentarme con las piernas cruzadas alrededor del fuego.
Aprendí a escuchar.
A mirar.
A callar.
Aprendí tantas cosas...
Pensad, además, que durante aquel mes ellos solo hablaban hindi. Así que también aprendí un poquito de hindi, algo que después me vino muy bien en mis viajes posteriores a India.
He de confesar que mi idea inicial era quedarme allí solamente unos pocos días. Pero, a medida que pasaba el tiempo, me veía incapaz de marcharme y dejar atrás a aquellos seres tan maravillosos que me habían tratado como si fuera una más de ellos.
Con mucha protección. Con mucho cuidado. Con mucho respeto. Un poco como si fuera una hija.
Vivir durante un mes entero en aquel campamento, rodeada de sadhus y de peregrinos, era algo difícil de creer. La extensión que ocupábamos era inmensa. Miles y miles de postes se extendían por aquel enorme campamento donde había instalada una megafonía que parecía acompañar la vida de todo aquel lugar.
Y cada mañana despertábamos con un canto que se escuchaba por todo el campamento:
Hari Om Namah Shivaya
Sonaba durante todo el día. A veces resultaba incluso curioso escuchar aquel mismo mantra una y otra vez mientras todo el campamento seguía con su actividad. Pero despertar con él al amanecer era algo especial. Abría los ojos todavía medio dormida, y escuchaba aquel Hari Om Namah Shivaya extendiéndose por todo el campamento.
Después nos levantábamos y preparábamos un chai alrededor del duni, el fuego sagrado. Y allí estábamos. Los sadhus todavía soñolientos, yo también, sentados alrededor del fuego, compartiendo aquel primer momento del día. Era una escena que todavía hoy puedo visualizar.
Cada noche me iba a dormir pensando que aquello era un sueño. Y cada mañana despertaba pensando que estaba soñando lo que estaba viviendo. Hasta que abría los ojos y me daba cuenta de que no. Que estaba allí. Que realmente estaba allí. Que se me permitía estar en aquel lugar, compartiendo con ellos como una más.
De hecho, durante aquel mes apenas vi extranjeros. De vez en cuando aparecía algún peregrino que pasaba por allí, asomaba la cabeza y me veía sentada entre los sadhus. También conocí a algún periodista que se acercaba para hacer documentales. Y recuerdo perfectamente sus caras de sorpresa. Me miraban como preguntándose:
¿Qué hace esta chica aquí, entre tantos sadhus?
Yo los miraba, sonreía y pensaba:
La vida me trajo hasta aquí.
El comienzo real
Y fue allí, después de aquella maravillosa, mágica y única experiencia, cuando comenzó realmente mi camino como estudiante de yoga. Todavía hoy recuerdo aquellos meses y me cuesta creer que realmente los viviera. Los tengo guardados como si fueran un sueño, en ese pequeño cajón de los recuerdos al que vuelvo de vez en cuando. Y hoy he vuelto a abrirlo para compartirlo con vosotros.
Quizá porque, mirando atrás, me doy cuenta de que mi camino en el yoga no comenzó realmente en una sala de yoga.
Comenzó alrededor de un fuego, sentada junto a unos sadhus, aprendiendo a mirar, a escuchar y a estar presente. En silencio, sin poder a ratos creer que se me permitiese ser parte de algo tan especial.
Y quizá ese fue, sin yo entonces saberlo, mi primer gran aprendizaje de yoga que ha continuado y sigue, cada día.


Espero que mi relato os haya transportado a la magia de aquellos días.
Om Tat Sat.


Afeitarse la cabeza es, además, una práctica que aparece tradicionalmente vinculada a determinados rituales de peregrinación y ofrenda en India. Puede expresar desapego, humildad, renuncia o la voluntad de dejar atrás algo para comenzar de nuevo. Para mí fue exactamente eso. No sentía que estuviera perdiendo algo. Sentía que estaba soltando algo que tiene un significado mucho más profundo de lo que puedes explicar con palabras.
Andrea estuvo allí con su cámara. Y hoy, cuando vuelvo a mirar aquellas fotografías, veo a una mujer que todavía no sabía hacia dónde la iba a llevar la vida, pero que ya estaba aprendiendo algo que después se convertiría en una parte esencial de mi camino:
Que a veces, para poder recibir, primero tenemos que aprender a soltar.


¿Por qué lo hice?
No fue un gesto impulsivo ni una cuestión de estética. Para mí fue una manera de desprenderme de algo que siempre me había acompañado. De algo que había sido importante, pero que, en aquel momento, sentía que ya no necesitaba. Me sentía tan llena... Había vivido tantas cosas durante aquellos meses, había recibido tanto, había conocido a personas que me habían acogido y cuidado sin conocerme de nada, que sentía la necesidad de entregar algo de mí. Y mi cabello, que siempre había formado parte de mi identidad, se convirtió en ese pequeño gesto de desprendimiento.



Desprenderme de lo superfluo
Fue también durante aquellos días en Benarés cuando tomé una decisión que, vista desde fuera, podía parecer extraña, pero que para mí tuvo un significado muy profundo. Decidí afeitarme la cabeza a orillas del Ganges. Mi amiga Andrea fue quien documentó aquel momento. Además de ser profesora de yoga, Andrea es fotógrafa profesional, y gracias a ella conservo aquellas imágenes que hoy, tantos años después, siguen teniendo una fuerza enorme para mí.


Mi primer maestro de yoga
Fue en Benarés donde conocí a Andrea Borbolla, maestra de yoga en México, que en aquel momento se encontraba en India. Fue ella quien me animó a asistir a las clases de su maestro. Y así encontré a Sunil Kumar, de la Yoga Training Centre. Él fue mi primer maestro formal de yoga.
Y digo formal porque, para mí, mis verdaderos primeros maestros habían sido aquellos sadhus. Ellos me habían enseñado algo que ningún libro puede explicar:
a observar,
a escuchar,
a compartir,
a estar presente.
Mi primera clase formal de yoga fue, por tanto, en Benarés, a donde regreso siempre que puedo. La última vez fue el octubre pasado, donde mi maestro Sunil Kumar me otorgó mi certificado de «Yoga Avanzado» como reconocimiento a mis 25 años en la senda del yoga.




Camino a Benarés
Cuando terminó el Kumbh Mela de Allahabad y empezaron a desmontar todo aquel enorme campamento, yo seguí con ellos. Se estima que durante aquel Kumbh Mela de 2001 pasaron cerca de 45 millones de personas. Era difícil imaginar semejante movimiento humano.
Cuando comenzaron a desmontar las tiendas, cada uno tomó su camino. Algunos regresaban a las montañas. Algunos bajaban de las faldas del Himalaya. Otros se dirigían hacia sus ciudades y localidades de origen. Muchos iban a Benarés. Y yo me subí al camión que los transportaba. Así fue como llegué a Benarés en el año 2001. Durante los primeros días me instalé con ellos a orillas del Ganges.
Pero la situación allí era bastante más complicada. Eso sí que era realmente vivir en la calle. Así que, después de unos días, busqué una pequeña posada, un hostal muy sencillo, un cuarto que parecía colgar prácticamente sobre el Ganges. Y allí me instalé.



Mis primeros pasos en la senda del yoga. India, 2001.
Un viaje que no sabía que iba a cambiar mi vida.
En el año 2001 hice una mochila y me fui a India. No era mi primer viaje. Ya había estado allí otras veces, pero este iba a ser muy especial: iba a asistir al Maha Kumbh Mela de Allahabad, actualmente Prayagraj, una de las mayores peregrinaciones religiosas del hinduismo y una de las mayores reuniones humanas del mundo.


Tal vez conozcáis el Kumbh Mela. La primera vez que yo leí algo sobre el Maha Kumbh Mela, yo tenía apenas 20 años. Recuerdo haberme preguntado entonces:
¿Dónde estaré en el año 2001, cuando tenga lugar el próximo Maha Kumbh Mela?
Diez años después, la vida me dio la respuesta. Por aquel entonces vivía en Londres. Y un día, viendo un documental en Channel 4, descubrí que el Maha Kumbh Mela estaba a punto de comenzar. Faltaba apenas una semana. No sé qué llamada interna sentí, ni exactamente qué fue lo que me pasó, pero sin pensarlo demasiado dejé el trabajo que tenía en Londres, el apartamento que compartía con una amiga y empecé a preparar mi viaje a India. Tardé apenas unos días.


El viaje al Maha Kumbh Mela en Allahabad
Me hice con una mochila, alguien me prestó una pequeña tienda de campaña y emprendí el viaje sin saber muy bien qué estaba haciendo, guiada únicamente por una fuerza interna que me empujaba hacia allí. Ahora, viéndolo con la distancia de tantos años, me pregunto cómo fui capaz de hacer aquello. Pero lo hice. Y así aterricé en Delhi.
Nunca olvidaré aquel tren atestado de gente que tomé desde la estación de Old Delhi hasta Allahabad. Ni tampoco olvidaré el momento en que, nada más bajar del tren, vi a un hombre vendiendo ejemplares del Times of India. En la portada se podía leer:
"Maha Kumbh Mela Begins Today."
Compré aquel periódico y todavía lo conservo. Es mi pequeña prueba de que todo aquello sucedió realmente. De que no fue un sueño.
Puse los pies en Allahabad exactamente el mismo día en que comenzaba el Maha Kumbh Mela. Y así fue como, entre peregrinos y miles de personas que llegaban desde todos los rincones de India, crucé el río por uno de aquellos enormes puentes flotantes que se construyen especialmente para poder dar acceso a semejante cantidad de peregrinos.


Al otro lado comenzaba el inmenso campamento del Kumbh Mela.
La familia de sadhus
Y allí, sin saber todavía lo que me esperaba, mis pasos me llevaron hasta lo que acabaría siendo mi casa durante el siguiente mes: el campamento de los Udasin Akhara [los nunca tristes].



